Recalibrando la educación a distancia

Recalibrando la educación a distancia


Ing. Howard Andruejol 

Catedrático de la Escuela de Educación, Teología y Liderazgo
 


En varias etapas de la vida académica, probablemente todos hemos sufrido bajo el mando de malos docentes. Existen de todos tamaños. Los que dejan mucha tarea, los que repiten siempre lo mismo, los que son aburridos, los que solo ellos tienen la razón, los regañones, los enojados, los despistados, y otros. Es triste, pero es la verdad. Sin embargo, seguramente has tenido la dicha de contar con otros que son excelentes. ¿Puedes recordar a algunos de ellos? ¿Qué crees que los hizo sobresalientes?

A ciencia cierta estas personas son o fueron una inspiración. Dejaron una huella indeleble. Lograron llevarnos de la zona de comodidad a la de aprendizaje. Nos desafiaron, nos enseñaron. Estoy seguro de que el tema o la asignatura no era lo importante. Es decir, provienen de distintos trasfondos, imparten diversas materias y usan metodologías variadas. No son todos iguales ni están en una sola facultad. 

Este espécimen de docente trasciende las técnicas de enseñanza. Es capaz de superar las barreras tecnológicas. Indistintamente del medio ambiente en el que se desenvuelve, mantiene siempre un objetivo específico. Y afortunadamente lo logra.

Concuerdo con Ken Bain (2004) cuando afirma en What the best college teachers do, que una evaluación acertada de un profesor es, si ayuda o no a los estudiantes a aprender o a estimular su interés en aquello que deben aprender. Indudablemente, esto tiene que ver con un cambio en la forma de pensar y por ende en la forma de vivir en esta sociedad. 

La educación poco tiene que ver con transferencia de información. Navegamos a diario entre tanta data digital que bien nos caería una mano para discriminar dicha información. Pero no necesitamos que nos la entreguen; ya la tenemos en nuestros dispositivos. Cual deportista profesional, un estudiante no necesita que alguien le diga cómo patear la pelota o que le explique las reglas del juego; a lo sumo aprenderá alguna técnica o jugada compleja. Más bien, un entrenador que le estimula a corregir sus errores, que le reta a una disciplina rigurosa, que enfoca su mente en la meta a lograr, que fomenta un fuerte sentido de cooperación dentro de aquello llamado equipo será altamente estimado. Un coach que prepare para el éxito, que prevenga del error garrafal, es aquel que puede llevar a las personas a su cargo mucho más allá de lo que ellas mismas pudieron imaginar.

En “Escuelas creativas”, Ken Robinson nos recuerda que los factores determinantes para incrementar el rendimiento académico son la motivación y las expectativas de los alumnos. No es transmisión de conocimiento, es la calidez de las relaciones humanas. Lejos de las frías temáticas de los sílabos (y su respectiva carga académica), son las personas y la conexión entre ellas lo que marca la diferencia. La formación es relacional.

En estos días de incertidumbre social, nos hemos visto afectados (sin que esto sea obligatoriamente negativo) por un cambio circunstancial y metodológico. Hemos tenido que vaciar el aula para llenar los ciber salones de Zoom o Google Meet. ¿En qué afecta esto la educación? ¿Debería un cambio de metodología impedir que logremos la formación? En ninguna manera. 

Quizás la distancia no sea el gran enemigo que parece. A lo mejor es solamente una oportunidad de recalibrar la manera en la que medimos el logro académico. Hablo como docente y como aprendiz.

Cerca en aula o lejos en la pantalla, es una pérdida que estemos sentados frente a grandes expertos en sus campos profesionales, sin que podamos extraer de ellos las experiencias, las advertencias, la perspicacia que han desarrollado en el camino de la vida. Cuántas veces tuve a pocos metros de mí a hombres y mujeres de quienes solo tomé nota de lo que escribían en la pizarra. Qué tragedia, para mí. Perfecto amanuense. Aprobé sus cursos, gané sus exámenes, pero perdí una riqueza mayor. No aprendí con ellos, no aprendí de ellos. Los pude haber aprovechado mejor.

Creo que nada motiva más a un docente que un estudiante que muestra interés. Es lo que hablamos constantemente con mis colegas; los casos que van más allá son los que estimulan a dar lo mejor de sí. Pero esto es de doble vía. De hecho, es una relación simbiótica. Como docentes, nuestra labor no es meramente técnica. Esa frialdad mecánica terminará por acabarnos (y a los pobres alumnos también).

La educación a distancia es una advertencia que nos hace enfocar la formación en lo esencial: la rica interacción entre personas que pueden crecer juntas. No lo perdamos de vista; en eso nos debemos concentrar. 

Aprovechemos en estos días la dicha de aprender juntos. Que la distancia sea solamente física y no relacional, que el encierro sea meramente geográfico y no mental. Estimulémonos unos a otros a ser mejores profesionales para transformar nuestro entorno en un mundo mejor.

 


  Esta publicación representa la opinión del autor, si usted tiene dudas o comentarios puede contactarnos a través del correo
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.