Un parteaguas necesario

Un parteaguas necesario


Lic. Esvin Rolando Lemus

Coordinador Académico del Programa de Asistentes Dentales

 


 Hoy, sin que haya pasado mucho tiempo de haber iniciado el coronavirus en el país, ya podemos establecer algunas diferencias de lo que hacíamos antes que se presentara el virus y lo que estamos haciendo ahora. Algunos estamos aprendiendo a usar nuevas aplicaciones que permiten mantenernos intercomunicados con nuestro lugar de trabajo. Otros inclusive, hemos tenido que adquirir nuevos celulares que tengan la memoria suficiente para soportar la comunicación o el manejo de videoconferencias. 

Unos, si no es que todos, tendremos que ver un poco al pasado para entender cómo se vivía antes: cómo vivían nuestros abuelos y cómo hacían para darnos de comer con menos recursos. Otros, como este servidor, y a pesar de mi edad, estamos aprendiendo a dar cátedras online. Algo que habíamos postergado para después, porque para el efecto se tenía que contratar a una empresa. Ahora estamos aprendiendo y diseñando la metodología sobre la marcha, el desarrollo de la docencia online, utilizando aplicaciones que desconocíamos hasta hace muy poco tiempo, diseñando y desarrollando instrumentos de evaluación autoaplicados, que busca determinar la postura del estudiante frente a un caso que se le plantea, intentando valorar habilidades y voluntades, y no solo conocimientos como es la tradición académica actual.

La misma naturaleza nos ha puesto un Stop en esa vida agitada, y a veces sin rumbo en la que estamos metidos. Nuestra conducta y forma de ser, seguía el rumbo a un sistema que solo se interesaba en producir, sin prestar atención a los daños severos ocasionados al medio ambiente. Debido a ello, ya no veíamos a nuestro hijos y familia, nunca cenábamos o almorzábamos juntos. Cuando lo hacíamos, todos estábamos presentes, pero no nos comunicábamos, por estar pendientes de nuestros dispositivos móviles. Lo más cruel es que por llevar esa vida agitada, sin pensar en lo que estábamos haciendo, estábamos destruyendo las relaciones sociales, la interrelación con nuestra familia, cambiando la presencia física, por la presencia virtual. Hoy estamos en casa y desde la casa tenemos que hacer todo, inclusive los quehaceres de la oficina. En la actualidad vemos famosos locutores que, desde su casa, transmiten sus programas y suplementos televisivos.

Sin duda alguna estamos asintiendo a un cambio de prioridades sociales. Este jalón de orejas nos obligará a vivir más cerca de la familia, a vivir con menos recursos. Es decir, dentro de un enfoque de vida minimalista, a vivir con lo básico; pero sin duda alguna, es un jalón de orejas que nos enseña, con hechos, que las redes sociales no son tan sociales que digamos; porque ni el mejor dispositivo que adquiramos, podrá sustituir la calidez y ternura de los tuyos.

Este embrollo de conducta en el que hemos estado metidos, en donde la tecnología ha robado y continúa robando toda nuestra atención, ha estado haciendo mucho daño a la cultura; porque al ya no tener la comunicación de forma personal, por lo menos con nuestro núcleo familiar, se interrumpe la fluidez y difusión de los hábitos y elementos culturales, y si esa fluidez no ocurre, nuestra cultura se está debilitando y erosionando. No debemos olvidar que mucho de lo que nos enseñaron nuestros padres, fue con la palabra franca, el ejemplo, los gestos, con voluntades o tan solo con ponerle límites a nuestra conducta de niño, estaban moldeando de forma maestra nuestra forma de ser. Particularmente, creo que este embate de tecnología invasiva que abarca nuestra vida, nos está haciendo más mal que bien. 

Esta parada obligatoria, por la presencia de un diminuto ser, es un momento preciso para retomar los buenos principios y conductas que nos enseñaron nuestros padres y nuestros antepasados, para replantear en forma conjunta nuestra forma de ser personal y familiar. 

Hoy debido a la cuarentena, los pajaritos ya cantan y se desplazan con más libertad, el aire está más limpio, después de mucho tiempo las aguas de los ríos son más transparentes; en el río Motagua después de una veintena de años, ya es posible observar nuevamente los peces. Las familias estamos unidas en casa, la violencia se ha reducido significativamente, hemos vuelto a jugar y convivir con nuestros hijos y esposa, estamos haciendo cosas juntos, estamos volviendo a contar historias, a analizar todos juntos la importancia de la vida, a pintar y limpiar nuestra casa, a cocinar, a pensar en Dios y a orar todos juntos por el bienestar de nuestra familia y nuestro país.

 


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